
Por Benjamin Radford.
Se dice que las famosas e icónicas imágenes de 1967 tomadas en Bluff Creek (California) por Roger Patterson y Bob Gimlin muestran a una hembra de bigfoot (apodada Patty) cruzando el lecho de un río. La película de 16 milímetros ha sido objeto de controversia y debate durante medio siglo, y se cita habitualmente como el referente por excelencia de las grabaciones del bigfoot (incluso casi sesenta años después, algo profundamente sospechoso dada la omnipresencia de las cámaras de alta calidad de los teléfonos móviles desde entonces). Aunque las imágenes son borrosas, una cosa está clara: o es un engaño o es un bigfoot.
No es exagerado decir que la película es un pilar fundacional de la creencia moderna en el bigfoot. Cierto es que abundan los relatos anecdóticos de avistamientos (por lo general, al anochecer y desde grandes distancias), las huellas ambiguas, los gritos extraños en el bosque por la noche, etcétera. Pero nada se compara con la película de Patterson y Gimlin en cuanto a influencia en la cultura popular. Innumerables expertos de sofá han examinado y analizado sus fotogramas, y afirman ver en sus borrosas imágenes una prueba evidente de su autenticidad.

Los escépticos han presentado análisis demoledores, tanto de Patterson —considerado por muchos un estafador que ideó una serie de artimañas para hacer dinero y mantenerse por delante de sus acreedores— como de las turbias circunstancias en que se creó y reveló la película; véase, por ejemplo, The making of bigfoot, de Greg Long, y Abominable science, de Daniel Loxton y Donald Prothero. Se ha demostrado que el propio sujeto de la película tiene el tamaño de un ser humano (y no, por ejemplo, unos 3,6 metros de altura) y se mueve como un humano disfrazado.
Los creyentes en el bigfoot ofrecen respuestas de todo tipo, muchas de las cuales imponen erróneamente la carga de la prueba sobre los escépticos, como «si es un tipo con un disfraz, ¿dónde está el disfraz?» y, «si es un montaje, ¿por qué nadie es capaz de recrear la película con los materiales disponibles en 1967?». Desde luego, en 1967 era posible crear un disfraz realista como el que se ve en la película. El planeta de los simios, por ejemplo, se estrenó al año siguiente, si bien con la ayuda de maquilladores y diseñadores de vestuario profesionales. Patterson y Gimlin no habrían tenido a su alcance esos recursos, aunque El planeta de los simios requería primeros planos de los actores, con los rostros bien enfocados, mientras que las imágenes de Patterson y Gimlin están tomadas a gran distancia, desenfocadas, borrosas e inestables, todos ellos factores que (de forma intencionada o no) ocultan los detalles, frustran el análisis y facilitan el engaño. Los actores del fondo, desenfocados y con disfraces de simio, se parecen mucho a Patty. Expertos en efectos especiales de Hollywood, entre ellos Stan Winston, al ser preguntados por las imágenes, las han declarado falsas y han afirmado que lo que se ve en la película habría sido perfectamente posible en la década de 1960. De hecho, un disfraz de gorila bastante realista apareció en la película Are You With It? de 1948, casi dos décadas antes de que Patterson y Gimlin se propusieran filmar un bigfoot.
Hace unos años escribí un artículo sobre el tema, y aún no he encontrado ni un solo intento, en cine o en vídeo, de recrear la película de Patterson y Gimlin utilizando equipo de la época, la ubicación correcta, un disfraz creíble y otros criterios importantes. Los defensores de la película de Patterson y Gimlin no pueden tenerlo todo a la vez, argumentando de forma poco honesta, por un lado, que aquel programa de la BBC representó la mayor pericia cinematográfica dedicada a replicar la película, mientras señalan con suficiencia, por otro, que fue un fracaso evidente porque no se parece en nada al original.

Y, lo que es más importante, la comunidad del bigfoot tiene la lógica justo al revés: la pregunta no es por qué nadie ha replicado la película si es un engaño, sino por qué nadie ha replicado la película si es real. Dicho de otro modo (al margen de la autenticidad de la película): ¿por qué las mejores imágenes de un bigfoot se remontan al Gobierno de Lyndon Johnson y al lanzamiento de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band?
La pregunta parece haber quedado respondida en un nuevo documental, Capturing bigfoot, dirigido por Marq Evans: en efecto, era un engaño, tal como los escépticos llevan décadas afirmando. El documental ofrece una panorámica de la película y de sus turbios orígenes, y añade una revelación explosiva: una confesión. Como señala el Hollywood Reporter, la autenticidad de la película de Patterson y Gimlin no es en realidad el núcleo de Capturing bigfoot. Sí, según Clint, el hijo de Patterson, fue un engaño admitido tardíamente, pero la mayoría de la gente ya lo sabía o lo sospechaba. En cambio, la película trata de cómo se gestó la película, por muy central que sea para la creencia en el bigfoot en la cultura popular: «Si no te importa la cuestión de si las imágenes del 67 son reales o un elaborado engaño, el material recién descubierto no te parecerá explosivo, pero, aun así, su relevancia es rotundamente clara. Resulta persuasivo no solo en el contexto del elenco de personajes del documental y de sus testimonios contradictorios, sino también por lo que su reacción ante él revela sobre la necesidad de creer. Para algunos, esa creencia no solo se convirtió en un interés de por vida, sino en un sentido de propósito que definió su existencia».
Quizá lo más importante es que Capturing bigfoot da a conocer un rollo de película de 16 milímetros descubierto recientemente que muestra las pruebas que Patterson realizó de las imágenes del bigfoot. Al fin y al cabo, si fue un montaje, hacer que las imágenes quedaran bien habría requerido preparación y ensayo. Los actores y las películas suelen necesitar varias tomas y pruebas, y la película del bigfoot no es una excepción. Puede que no sea el mismísimo disfraz perdido hace tanto, pero se acerca muchísimo y resulta muy perjudicial para la credibilidad de la película. Conviene recordar que la película de Patterson y Gimlin se rodó supuestamente durante la realización de un documental sobre el bigfoot, y los documentales no deberían tener ensayos.

Cuando oí hablar por primera vez del nuevo documental, sentí curiosidad, pero también cautela. Apresurarse a aceptar una explicación escéptica de algo es tan desacertado como apresurarse a abrazar otra que fomente el misterio. El pensamiento crítico exige ser consciente de nuestros propios sesgos de confirmación y, por supuesto, es mucho más fácil aceptar la información que damos por cierta. Es importante señalar que se han producido desmentidos falsos, también en el caso de la película de Patterson y Gimlin. Más de una persona ha sido señalada públicamente como quien estuvo dentro del disfraz del bigfoot y, por supuesto, ¡ahí dentro solo hay sitio para una!
No he visto el documental, aunque tengo muchas ganas de hacerlo. Cuando lo vea, ofreceré un análisis y un comentario detallados, pero, a juzgar por los comentarios y las críticas de quienes sí lo han visto, parece un golpe demoledor para la creencia en el bigfoot. Para los escépticos, no es más que otro clavo en el ataúd. Durante décadas se ha dado por supuesto de forma generalizada —y, al parecer, con razón— que era un engaño, sin apenas pruebas de su autenticidad y con muchos motivos en su contra. Es probable que los escépticos reciban la noticia encogiéndose de hombros con un «ya te lo dije», pero el impacto en los creyentes acérrimos del bigfoot será fascinante.
El investigador del bigfoot Matt Crowley planteó recientemente la pregunta en las redes sociales: «¿Se apresurarán los creadores de contenido sobre el bigfoot que tienen pódcast y canales de YouTube a entrevistar [a Clint Patterson]? ¿O se le apartará, para no volver a hablar de él nunca más, como con las huellas de Elbe y las imágenes de Sonoma?». Se refiere a anteriores desmentidos irrefutables de pruebas destacadas sobre el bigfoot que han sido ostensiblemente ignorados incluso por los expertos más prominentes en la materia, entre ellos, el difunto doctor Jeff Meldrum. Además, se pregunta: «¿Qué motivo podría tener el hijo de Roger Patterson para mentir sobre algo así? Supongamos que Clint Patterson creía de verdad que su padre había filmado a un bigfoot. ¿Por qué iba entonces a mentir al respecto?».

¿Aceptarán los creyentes en el bigfoot las abrumadoras pruebas? ¿O redoblarán la apuesta, acusando a Clint Patterson de ser un títere a sueldo, un pelele del Gran Escepticismo, como si el escepticismo sensato, en lugar del sensacionalismo del misterio, fuera el camino probado hacia ganar dinero? El tiempo lo dirá, pero la leyenda sin duda perdurará.
Benjamin Radford, máster en educación, es un investigador científico de lo paranormal, investigador asociado del Comité para la Investigación Escéptica (CSI), director adjunto del Skeptical Inquirer y autor, coautor, colaborador o editor de veinte libros y más de mil artículos sobre escepticismo, pensamiento crítico y cultura científica. Su libro más reciente es America the fearful.
Publicado originalmente bajo el título de «Documentary’s devastating bigfoot debunking» el 13 de marzo de 2026 en en la web de Skeptical Inquirer, la revista del Comité para la Investigación Escéptica (CSI).
Traducción de Óscar Bonilla.
