
Por Juan José Vázquez Seijas.
El escepticismo científico que hoy encarnan organizaciones como el Círculo Escéptico tiene un origen perfectamente definido. Fue una reacción impulsada desde la comunidad científica al auge, desde la década de 1950, de la creencia en fenómenos paranormales que alcanzó su clímax a principios de la de 1970. Nace entonces Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP) –actualmente, Comité para la Investigación Escéptica (CSI)–, que daba ropajes de organización a un movimiento que enarbolaba la misma bandera que los pioneros Recursos para la Evaluación Científica de lo Paranormal (RSEP), algo anteriores. La agenda de tal movimiento abarcaba, en consecuencia, los temas que encarnaban el pensamiento mágico en auge en aquella época: ovnis y demás fenomenología extraterrestre, percepción extrasensorial, críptidos y videncia en sus variadas formas.
Han pasado cincuenta años y parece evidente que el mundo a nuestro alrededor ha cambiado mucho más rápida y drásticamente que dicha agenda. Es, por ello, imprescindible preguntarse en qué medida aquella mantiene su relevancia y justifica nuestros esfuerzos. El mundo de 2026 es tan manifiestamente diferente al de 1970 que focalizar esfuerzos en los asuntos en boga en aquella época suscita una sensación de melancólica obsolescencia. El escepticismo organizado nació para salir al paso de promesas y amenazas que sus adalides aseguraban reales e inminentes, desde la presencia alienígena a la revelación de los poderes ocultos de la mente, y su propósito era decidir, con pruebas, qué había de cierto e incierto en semejantes proclamas.
Pero en 2026 las promesas y las amenazas son tan radicalmente distintas que no comparten siquiera naturaleza con sus antecesoras. Hoy provienen de la inteligencia artificial, la computación cuántica, las criptomonedas y sus augurios de aplastamiento de la inteligencia humana por superioridad y de la creación de riqueza con el solo auxilio de procesos algorítmicos. Son tales asuntos los que alimentan las grandes promesas y amenazas de nuestro tiempo y sobre ellos busca el público respuestas en medio de anticipos de nirvanas y profecías apocalípticas. La vigencia y relevancia del movimiento escéptico dependerá, por ello, de la capacidad de ajustar su agenda a semejante realidad. El Yeti, las abducciones alienígenas, Nessie, la telepatía y el triángulo de las Bermudas son hoy reclamos nostálgicos de limitadísima relevancia e interés para el ciudadano medio, ignorante, seguramente, hasta de qué son semejantes cosas.
Por supuesto, nada de eso es casual. La agenda de los movimientos escépticos es la de quienes los integran y en España su edad media no ha dejado de aumentar año tras año. De ahí que aún se nutra, en su mayor parte, de aquellos asuntos iniciáticos, vigentes cuando, hace ya décadas, los pioneros dieron el paso de comenzar a actuar y organizarse. Ese mismo rasgo explica bien el carácter marcadamente endogámico de nuestro movimiento, su mayor lastre.
Si la agenda escéptica no se pone al día hay un riesgo muy cierto de convertirnos en una reliquia tan irrelevante como ya lo son muchos de sus temas y todos convendremos que eso es algo que debiera procurar evitarse a toda costa.
