Mis recuerdos del ‘Asombroso’ Randi (1)

Banachek, Michael Edwards y James Randi, en pleno Proyecto Alfa. Foto: Dana Feinman.
Banachek, Michael Edwards y James Randi, en pleno Proyecto Alfa. Foto: Dana Feinman.

Por Banachek.

[Nota del editor del Skeptical Inquirer: este es el primer artículo de dos. El segundo se publicará en el número de mayo/junio de 2026 de Skeptical Inquirer. Banachek escribió originalmente este homenaje a James El Asombroso Randi para la Hermandad Internacional de Magos. Le agradecemos que nos haya permitido publicarlo].

Era el 11 de julio de 1974, y yo tenía catorce años. Mi madre nos había abandonado a mis dos hermanos pequeños y a mí en Port Elizabeth, Sudáfrica. A las 19.30 horas estábamos sentados junto a la radio cautivados y expectantes. Estábamos escuchando Deadline Thursday Night. El programa lo emitía la Springbok Radio de Ciudad del Cabo, la cual, aunque ya desaparecida, fue la primera emisora comercial de Sudáfrica.

Yo sentía una gran emoción mientras esperaba escuchar al hombre del que todo el mundo había estado hablando: el hombre con poderes sobrehumanos. Todos los adultos que conocía afirmaban que ese hombre podía doblar objetos de metal, echar a andar relojes parados y romper y doblar anillos usando solo el poder de su mente. Esa noche iba a enseñar al público a hacerlo en sus propios hogares.

Adrian Steed, el productor de Deadline, le entregó a aquella persona increíble una llave. A los treinta segundos, Steed exclamó muy excitado: «¡Se está doblando!». En mi imaginación, yo podía ver la llave doblándose.

A continuación, Steed le entregó a aquel superhumano un puñado de relojes parados, y muy pronto varios empezaron a funcionar de nuevo. Luego llegó el gran momento. El superhumano les dijo a los oyentes cómo podían hacer lo que él había hecho: «Debéis desear que ocurra. Simplemente, coged el cuchillo o el tenedor, acariciadlo suavemente y desead que se doble». Dijo que serviría cualquier objeto de metal. Rápidamente, busqué por casa un objeto de metal que fuera fácil de doblar si yo tenía el poder. Cogí una aguja del cesto de costura que mi madre había dejado.

Me concentré en la aguja tal como el hombre había dicho. Creía que se iba a doblar. ¿Por qué no iba a desear poseer esa habilidad especial? Éramos pobres y estaba criando a mis hermanos yo solo. No tenía nada de malo que quisiera convencer a mis hermanos pequeños de que tenía ese poder. Cuanto más miraba y creía, más convencido estaba de que lo había conseguido y mi aguja se había doblado. Era apenas perceptible, pero se había doblado. ¡Al menos, yo creía que sí! Avancemos dos años.

Aparece un libro que me cambia la vida

Me fui de Sudáfrica y pasé casi dos años en Australia. En 1976 me mudé a Estados Unidos. Me hice con un libro titulado The amateur magician’s handbook (El manual del mago aficionado), de Henry Hay, y pasé muchas horas en mi cuarto en Filadelfia, fascinado, tratando de restaurar limpiamente un cigarrillo roto. Aún no había descubierto que existía una rama de la magia llamada mentalismo. Tampoco era consciente de que había algunos magos mentalistas dispuestos a engañar a la gente convenciéndola de que tenían poderes psíquicos.

En la primavera de 1976 nos trasladamos a Aurora, Colorado. En una librería de segunda mano me compré un libro que iba a sacudir todo mi mundo y a proporcionarme una carrera para toda la vida. Lo había escrito el mago y artista del escapismo James El Asombroso Randi. El hombre que me había convencido de que podía doblar metales aparecía en la cubierta. Su nombre era Uri Geller, y el libro se titulaba The magic of Uri Geller (La magia de Uri Geller). En 1985 el título se cambiaría por The truth about Uri Geller (La verdad sobre Uri Geller).

La dedicatoria del libro me dejó atónito: «Dedicado a Uri Geller y Shipi Shtrang, dos hombres que engañaron a todo el mundo… o casi». La verdad, tal como la presentaba Randi, era que Uri Geller no era más que un mago. Uri Geller afirmaba que, bajo observación científica, había convencido a los científicos del Instituto de Investigación de Stanford de que tenía poderes auténticos. Además, afirmaba que el estudio había sido encargado por la Agencia de Inteligencia de Defensa de Estados Unidos. Esto último era cierto, pero en su libro Randi explicaba que los investigadores ya eran creyentes y que las pruebas habían sido cuando menos chapuceras. Mostraba con detalles convincentes cómo cada uno de los experimentos podría haberse realizado usando trucos.

‘The amateur magician’s handbook’ y ‘The magic of Uri Geller’, de James Randi.
‘The amateur magician’s handbook’ y ‘The magic of Uri Geller’, de James Randi.

Russell Targ y Harold Puthoff, los científicos a cargo, documentaban sus propias creencias y no habían seguido protocolos adecuados. Sus sesgos favorables habían sido su perdición. El libro describía métodos para doblar llaves y clavos e incluía pruebas fotográficas del engaño.

Me quedé impactado. Había aprendido una valiosa lección de Randi. Cuando era niño todos los que conocía creían en Geller, así que, naturalmente, yo también. Randi me enseñó que solo porque alguien parezca una autoridad en una materia no significa que tenga formación en aquello que cree. Mucha gente simplemente sigue a la masa. En ese ejemplo en concreto, me había enseñado lo importante que era pensar críticamente. Randi decía que Geller había engañado incluso a científicos reputados con trucos que solían aparecer en la parte de atrás de las cajas de cereales cuando era niño. «Al parecer, los científicos ya no comen copos de maíz», dijo. En 1991 Geller presentó una demanda de 15 millones de dólares contra Randi y el Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones Paranormales (CSICOP), alegando que esa frase era calumniosa. Finalmente, el tribunal desestimó el caso, y en última instancia Geller llegó a un acuerdo extrajudicial de 120.000 dólares.

En 1992, menos de un año después, Geller demandó a Randi por decir en su libro: «Comenzó su carrera como mago de salón en Israel, donde una vez fue arrestado por afirmar que lograba sus proezas por medio de poderes psíquicos». Geller no había sido arrestado, sino demandado. El editor añadió una fe de erratas que cambiaba la frase «una vez fue arrestado» por «una vez fue demandado». En 1993, Randi comentó: «Cometí un involuntario error factual al malinterpretar las palabras “llevado a juicio” y “culpable” como “arrestado”. Se hizo sin malicia o imprudente desprecio por la verdad». Geller también perdió este caso y tuvo que pagarle a Randi sus gastos legales.

Ambos casos consumieron mucho tiempo y a Randi le costaron mucho más de lo que obtuvo de ellos. Se ha dicho que Geller contaba en sus demandas con apoyo financiero de otros, así que personalmente no perdió nada. Es bastante comprensible que cuando, años después, Geller trató de estrecharle la mano a Randi, éste se negara. Se había convertido en algo muy personal.

Becas MacArthur y benefactores

Debido a las demandas, si en 1986 no le hubiesen concedido a Randi 270.000 dólares de una Beca MacArthur, a la edad de 57 años, no habría podido continuar con su cruzada contra las creencias fantásticas. Este premio le permitió comprarse una casa en Florida, abrir oficinas y convertirse oficialmente en el escéptico número uno del mundo.

Había probado su valía usando sus conocimientos del método científico y su comprensión de las técnicas de prestidigitación para desacreditar las afirmaciones paranormales. A través de sus denuncias, alertó al público del peligro de tratarse con cirujanos psíquicos, curanderos de la fe y charlatanes. Randi publicó Flim-flam! The truth about unicorns, parapsychology, and other delusions (Fraudes paranormales en la edicion española, 1980), Testing yourself for ESP (Póngase a prueba en percepción extrasensorial, 1981), The truth about Uri Geller (1982), The faith healers (Los curanderos de la fe, 1988), The mask of Nostradamus (La máscara de Nostradamus, 1990) y The encyclopedia of claims, frauds, and hoaxes of the occult and supernatural [La enciclopedia de afirmaciones, fraudes y engaños de lo oculto y lo sobrenatural, 1995). También fue coautor de Houdini: his life and art (Houdini: vida y arte, 1978).

Me estoy desviando del tema. Por entonces, yo solo había oído hablar de Geller en la radio. Se decía que se podía apreciar visualmente cómo los objetos se doblaban. No fue hasta años después cuando me di cuenta de que, en el momento en que Geller doblaba un objeto, este se ocultaba a la vista del público, a menos que lo rompiera, que era algo diferente. Con el conocimiento que adquirí a través del asombroso libro de Randi, me marqué como reto doblar objetos yo mismo de una forma visual superior a todo lo que se había hecho hasta el momento.

Años de instituto

Nos mudamos a Washington, Pensilvania, y fue allí, mientras estaba en el instituto, donde perfeccioné mis habilidades. Los estudiantes robaban cubiertos de la cafetería para que yo los doblara y rompiera. Debido a eso me metí en problemas, y se pasaron a los cubiertos de plástico hasta que me gradué. También aprendí como cortocircuitar los cables de la campana para que tocase antes del final de las clases, y así salíamos más pronto. Cada día afirmaba que iba a hacerlo por medio de mis poderes psíquicos. Finalmente, también me metí en problemas por eso.

Debido a mi falta de cuidados parentales, era socialmente torpe. Era el típico crío que se sienta al fondo del aula y lleva un pesado abrigo el año entero. Me avergonzaba mi cuerpo escuálido y temía todo el rato que el profesor me sacase a la pizarra. En mi época del instituto tuve tres empleos: trabajé como cocinero de frituras, guardia de seguridad y celador de hospital.

Banachek en 1980.
Banachek en 1980.

El libro de Randi me hizo abrirme. Nunca antes había tenido un hogar, pero encontré uno en la actuación. Mi hogar era el escenario, ya fuera una cafetería, una sala de estar, una esquina de la calle, el aula o un escenario de verdad. Randi fue el que me dio eso, además de una carrera. Descubrí más adelante que había hecho lo mismo por muchos otros a través de los años. Penn y Teller no serían P&T si no hubiera sido porque Randi les dijo que tenían que hacer un espectáculo juntos. Criss Angel no tendría ese nombre si no hubiera sido porque Randi se lo sugirió. Una vez escuché a un reportero preguntarle a Randi cuándo sentía que lo había logrado. Su respuesta aún me impresiona. Dijo: «Cuando la gente me dice que ha conseguido la felicidad o el éxito profesional por algo que he hecho». Ha hecho eso muchas veces. He escuchado con frecuencia cómo Randi ha ayudado a la gente a empezar. Pero, de nuevo, me estoy desviando del tema.

El primer Randi

Leí todo lo que pude sobre Randi, y esto fue lo que logré averiguar. Supe que había nacido en Toronto, Canadá. Supe que casi había muerto varias veces. Supe que, cuando era niño, había tenido un accidente de bicicleta y había pasado trece meses con el cuerpo enyesado. Los médicos pensaron que nunca volvería a andar. Durante ese tiempo, leyó libros sobre magia después de ver a Harry Blackstone Sr, y eso fue lo que lo inició en su búsqueda mágica.

Supe que había dejado el instituto a los 17 años para entrar en un circo. Supe que, durante un tiempo, Randi había escrito una columna de astrología en la que se hacía pasar por psíquico. Sus columnas eran un refrito de otras columnas de astrología, y presentaba el contenido como suyo.

Supe que, de adolescente, había puesto en evidencia a un predicador replicando un truco que el ministro usaba con su congregación. La esposa del pastor llamó a la Policía, y Randi acabó en la cárcel.

Supe que había sido un famoso artista del escapismo. William Lindsay Gresham dedicó su libro Houdini «Al escapista vivo más grande, El Asombroso Randi (el señor James Randall Zwinge), está dedicado este libro con la sincera admiración de su autor».

Supe que Randi había roto el récord de Houdini de 93 minutos bajo el agua en un ataúd de cristal. Randi permaneció bajo el agua 104 minutos y señaló amablemente que era mucho joven de lo que era Houdini cuando realizó su hazaña. Más adelante Randi, repitió el número y permaneció sumergido dos horas y dos minutos. También se dejó congelar en un bloque de hielo durante 44 minutos.

Supe que en sus primeros años como artista Randi había luchado contra la segregación y se había negado a actuar en teatros donde la gente de color tuviese prohibida la entrada al espectáculo.

Supe que había sido buen amigo de Joseph Dunninger, el mentalista más famoso de todos los tiempos. Dunninger también exponía a médiums y estafadores, igual que Houdini y Randi. Ofreció 31.000 dólares a cualquier médium que pudiera hacer que un lápiz colgado de un péndulo escribiera una palabra en una tarjeta situada debajo.

Supe que Randi viajó con la estrella del rock Alice Cooper y creó todas las ilusiones de su espectáculo. Randi incluso interpretó el papel de un dentista psicótico en el espectáculo de Alice.


Supe que expuso a Geller porque el propio Randi había sido acusado una vez de poseer poderes psíquicos. Le asustaba que los psíquicos se aprovecharan de la gente que creía que esos poderes eran reales.

Supe que Randi hizo una propuesta permanente de 10.000 dólares para cualquiera que pudiese producir un fenómeno paranormal bajo su control. En 1964 la oferta había sido de 1.000 dólares, ofrecida en un programa de radio después de que le dijeran a Randi que apostara su dinero sobre lo que afirmaba. Más adelante, Lexington Broadcasting añadió 90.000 dólares y el desafío de Randi se convirtió en El desafío de los 100.000 dólares. Se establecieron normas y reglamentos que aseguraban la equidad tanto para el candidato como para el desafío en sí. Las pruebas serían científicas y consensuadas por ambas partes. Más tarde se convertiría en El desafío del millón de dólares.

Otra vez me estoy desviando del tema. Me he adelantado a la historia.

James Randi, en un número de escapismo.
James Randi, en un número de escapismo.

Supe que Randi iba a todos los programas de televisión que podía para replicar las proezas de Geller y otros psíquicos. Randi era la punta de lanza del movimiento escéptico y conseguía cobertura para difundir el pensamiento crítico. Muchos lo odiaban por ello, pero, debido a mis experiencias previas, yo estaba seguro de que hacía lo correcto. Supe que Randi fue uno de los fundadores del Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones Paranormales (CSICOP).

Randi y Banachek se conocen

Tracé un plan. Si alguien podía lograr que ese plan diera sus frutos, ese era Randi. Sin embargo, necesitaba que se comprometiera con él. Quizá fue ingenuidad mía o exceso de confianza, porque acababa de convencer a un policía de que podía doblar llaves después de doblar la llave de su coche patrulla, pero decidí enviarle a Randi una carta. La verdad es que no esperaba que respondiese, pero lo hizo. Por entonces no sabía que Randi solía contestar a sus fans y enviarles fotos firmadas o palabras de ánimo y agradecimiento. Con los años descubriría lo modestamente altruista que era Randi.

Al parecer, mi carta fue diferente de otras que recibía. Con todo el atrevimiento, le dije que, si alguna vez necesitaba un chaval para engañar a científicos y hacerles creer que los poderes psíquicos eran reales y solo a posteriori revelar que había sido un engaño, yo estaría encantado de hacer el papel. Le hablé de mis experiencias y de lo que sabía hacer. Randi me respondió y dijo que, si iba por la zona de Nueva Jersey o Nueva York, podría visitarle y quedarme en su casa. Convertí en mi misión hacer justo eso.

Los dominios de un mago

Llegó el día en que tomé un autobús Greyhound de Washington, Pensilvania, a Nueva Jersey. Randi me recogió como había prometido y me llevó a su casa en Rumson, Nueva Jersey. Era justo como uno esperaría que fuese la casa de un mago: la puerta principal tenía una cerradura secreta y una manera secreta de abrirla, y se abría desde el lado opuesto al que hubieras esperado. El timbre resultó hacer sonar un fuerte gong, seguido de una grabación de la voz de La sombra, un popular programa de radio de la época. Dentro había dos enormes guacamayos de Sudamérica, palomas, un gato, ataúdes de momias, un reloj que andaba al revés, una enorme estantería de libros que era una puerta secreta, piezas de arqueología peruana, máscaras y muchas otras maravillas. Era una verdadera casa de mago.

Le conté a Randi mi hipótesis de que los científicos habían lamentado durante años que no hubiera pruebas de poderes psíquicos debido a la falta de fondos, no por falta de pruebas. Mi opinión era que no tenía nada que ver con los fondos. Más bien, eran sus prejuicios los que se interponían. En vez de usar métodos realmente científicos para poner a prueba a los psíquicos, tendían a documentar sus creencias para convencer a otros, como habían hecho Targ y Puthoff. Eran los psíquicos los que estaban al mando, en vez de estar al mando los científicos, como debería ser.

También concluí que muchos de los que hacían las pruebas creían que eran demasiado listos como para que les engañaran. A menudo, las personas inteligentes son las más fáciles de engañar, porque necesitan una explicación. Si no saben cómo se hace algo y tu explicación suena plausible, la aceptarán.

Acción militar

Durante los años 70 y 80, los poderes psíquicos eran la última moda, y, como resultado, eran creíbles. Al igual que en la política actual, los medios servían en bandeja propaganda psíquica desde el otro lado del Telón de Acero y otros lugares, como si fuera real. El resultado era una nación de creyentes.

En 1978, el Gobierno de Estados Unidos entró en acción al invertir 20 millones de dólares en un proyecto conocido por varios nombres. En 1991 se tituló finalmente Proyecto Stargate. La inversión de 20 millones de dólares que hizo el Gobierno se gastó solo en el primer año.

No era la primera vez que los militares estadounidenses se interesaban seriamente por los fenómenos psíquicos. En 1952, en la Universidad de Duke, el Ejército de Estados Unidos realizó un estudio para averiguar si los perros eran psíquicos. Durante un tiempo, concluyeron que podía ser. Había muy pocos Asombrosos Randis por entonces.

Randi estaba de acuerdo conmigo, pero ni una sola vez pidió ver un truco. Tampoco me mostró ninguno a mí. Esto no es del todo cierto. Me mostró una versión del truco de predicción Clippo y el Duende que Desaparece, pero no me enseñó nada. Yo estaba decepcionado, pero años más tarde descubrí que él estaba más interesado en mi carácter y en cómo me las arreglaba. Quería contarles a los medios que yo era un chico autodidacta, para que se imaginaran lo que podría haber hecho si él me hubiera entrenado. Esto, por supuesto, solo era posible si alguna vez surgía la oportunidad de infiltrarme en un laboratorio parapsicológico. Randi siempre iba un paso por delante.

Oh, un momento, Randi me enseñó algo más. Yo odiaba el sabor del yogur. Pensaba que sabía agrio. Me dijo que tenía que mezclar el yogur, ya que lo sabroso se encontraba en el fondo. Lo hice así, y el yogur que antes detestaba me supo a deliciosos arándanos. Fue mágico.

Lo pienso ahora y me doy cuenta de que probablemente Randi no entendía del todo mi habilidad para crear improvisando y siendo original. Eso estaba bien, porque, si me hubiera entrenado él, mis demostraciones me habrían hecho parecer más un mago que un verdadero psíquico. Randi me dijo que siguiera actuando como si fuera real y no le dijera a nadie que estaba usando trucos. Tenía que mantener la fachada. Sonaba mal, pero entendí la razón. Si alguna vez llegaba la oportunidad, ellos, fueran quienes fuesen ellos, podrían rastrear mis antecedentes, y así no habría pruebas de que fuera otra cosa que un psíquico.

Volví a Pensilvania y terminé viviendo con otra familia. Al cabo de unos meses, esa familia me echó porque encontraron en mi cuarto una carta de Randi y se descubrió mi secreto de que no era un psíquico real. Randi había establecido que tenía que mantener el secreto también ante ellos. ¿Quién podría culparlos?

Volvía a estar solo, todavía en el instituto y con tres empleos para sobrevivir.

Proyecto Alfa

En uno de mis empleos como conserje en el hospital Washington, una chica con la que salía llamada Tammy me trajo un periódico con un artículo de la Associated Press. Peter Phillips, un profesor de física de la Universidad Washington en San Luis, había recibido medio millón de dólares para estudiar los fenómenos psíquicos. La subvención la ofrecía James S. McDonnell, presidente de la McDonnell Aircraft, más conocida por sus aviones de combate y sus naves espaciales tripuladas, incluyendo las cápsulas Mercury y Gemini. El campo elegido por Phillips era la telequinesis, la habilidad para mover o deformar objetos, aunque en aquella época se conocía sobre todo por ser la habilidad para doblar objetos con la mente. Específicamente, estaba buscando niños. Bueno, me venía como anillo al dedo y era justo lo que había estado buscando. Le escribí una carta, de nuevo sin esperar que me contestase, pero lo hizo, y quería que cogiera un avión lo antes posible.

Banachek y James Randi, hablando del Proyecto Alfa en The amazing Meeting de 2009.
Banachek y James Randi, hablando del Proyecto Alfa en The amazing Meeting de 2009.

Como una semana después, Randi me llamó para hablarme de un hombre al que le habían dado una subvención en la Universidad Washington. Le interrumpí y pregunté: «Piensa en el nombre del tipo. ¿Te dice algo la letra P?». De inmediato me preguntó si lo sabía, y le dije que sí y que había sido aceptado. Luego me habló de otro chico que se había puesto en contacto con él y que se llamaba Michael Edwards. Mike también había sido aceptado. Fue él quien bautizó nuestro experimento de engañar a los científicos como Proyecto Alfa.

El Proyecto Alfa ha sido ampliamente comentado, y los hechos que lo rodean pueden encontrarse en línea. No entraré en todos los detalles de irrumpir en el laboratorio por la noche, los métodos que usamos para engañar a los científicos, el reportero de la BBC que tuvo un colapso mental completo, el fiasco de la convención de Uri Geller y muchas cosas más. El lector puede encontrarlo todo fácilmente en línea o en mi pódcast Banachek’s Brain (El cerebro de Banachek). También se presentó en la tercera temporada del pódcast de Brian Brushwood, The World’s Greatest Con (El timador más grande del mundo).

Reglas estrictas

Randi se desvivió para asegurarse de que tuviéramos reglas estrictas. Si nos preguntaban si éramos magos, teníamos que decir que sí. Si nos preguntaban si trabajábamos con Randi, teníamos que decir que sí. Además, Randi les dio todas las oportunidades para desenmascararnos. Les envió once advertencias sobre cómo ponernos a prueba. Les aconsejó que no dejaran que más de un sujeto actuara a la vez, porque sería más fácil que los distrajeran. Les dijo que lo marcaran todo en grande y en pequeño, y que no dejaran que los sujetos trabajasen con más de un objeto a la vez. También les dijo que no dejasen que el sujeto controlase los experimentos o introdujera cambios en el protocolo en mitad de un experimento. La lista seguía. Eran sugerencias lógicas, pero la lógica no siempre cuenta cuando se trata de este tipo de creencias emocionales. Los científicos nos enseñaron la lista por adelantado, se rieron de buena gana y arrojaron las notas de ayuda a la basura. Randi se ofreció incluso a ir y observar los experimentos o enviar a alguien. Se negaron rotundamente.

Randi llegó a difundir rumores de que trabajábamos con él. Al mismo tiempo, lanzó rumores de que los científicos estaban trabajando con nosotros y Randi para intentar engañar al resto de la comunidad. Los científicos nos contaron ambos rumores a Mike y a mí, y se rieron de ellos. Por otra parte, después de nuestra gran revelación, hicieron que un portavoz utilizara todo eso como prueba de que nos habían preguntado si trabajábamos con Randi.

La gran revelación

Durante 180 horas, en un periodo de cuatro años, los científicos nos publicitaron como auténticos. Finalmente, dimos una rueda de prensa con periodistas de todo el mundo en el edificio Time-Life en Nueva York, a la que asistieron todos los medios importantes. Como he dicho antes, Randi era un genio generando publicidad. Nos pidió a Mike y a mí que hiciéramos nuestros trucos. Era la primera vez que Randi me veía doblar cosas, incluyendo el doblado de los dientes de un tenedor. Dijo que era lo más cercano a doblar metal de verdad que había visto nunca.

Al final de la actuación, los medios estaban esperando que dijese que había encontrado algo auténtico, pero, en vez de eso, reveló que era un fraude de cuatro años. ¡Un parapsicólogo incluso afirmó que creía que Randi nos había sobornado, que estábamos mintiendo por él y que realmente teníamos poderes psíquicos!

Acabamos en todos los libros de texto de psicología de todas las universidades de Estados Unidos y otros países por todo el mundo. El estudio de la parapsicología cambió para siempre. Cuando se dijo que habíamos hecho retroceder la parapsicología y la habíamos dañado, Randi señaló que, en vez de eso, la habíamos llevado al siglo actual. Cuando se dijo que estaba mal engañar a científicos en nombre de la ciencia, yo afirmé que eran los científicos los equivocados, porque habían cogido el dinero y no habían usado ciencia adecuada para estudiar los supuestos fenómenos.

Si hubieran hecho caso a Randi, que en todo momento les proporcionó entre bastidores todas las herramientas para detectar el engaño, nos habrían descubierto de inmediato. Cada vez que teníamos éxito con un experimento, Randi les escribía con una posible solución, la real. Nunca le escucharon. Para colmo, parapsicólogos como Trevor Finch llegaron a sugerir que, si hubieran introducido un mago en ese laboratorio, todo se habría descubierto rápidamente. Se equivocaba. Los magos podían engañar fácilmente a los científicos, y lo hicieron.

Banachek nació en Inglaterra el 30 de noviembre de 1960. Fue a la escuela en Sudáfrica y Estados Unidos. Fue mientras vivía en Port Elizabeth, Sudáfrica, cuando Banachek vio a su primer mago en una función de instituto, a los 14 años. Quedó intrigado, pero no lo suficiente para indagar mucho más en ese mundo secreto. En 1976, el año del bicentenario, Banachek se mudó a Estados Unidos. Fue al final de ese mismo año cuando obtuvo un gastado ejemplar del libro de James Randi The truth about Uri Geller. Banachek representó Mind games live (Juegos mentales en vivo) en Las Vegas, en el prestigioso hotel Strat, Casino y Skypod.


Publicado originalmente bajo el título de «My memories of the Amazing Randi. Part one» en el volumen 50, número 1 (enero/febrero de 2026) de Skeptical Inquirer, la revista del Comité para la Investigación Escéptica (CSI).

Traducción de José Luis Piquero.