Peor que un asesinato en la Quinta Avenida

La Quinta Avenida de Nueva York, desde el Museo Metropolitano de Arte. Foto: A. Balet.
La Quinta Avenida de Nueva York, desde el Museo Metropolitano de Arte. Foto: A. Balet.

Por Stuart Vyse.

Mientras hacía campaña en Iowa en 2016, Donald Trump dijo la famosa frase: «Podría salir en medio de la Quinta Avenida y dispararle a alguien y no perdería ni un solo voto, ¿vale?». Si bien esa es una cuestión empírica que nunca ha sido sometida a prueba —y con suerte nunca lo será—, ahora tenemos algunas pruebas de que tal vez tenía razón. Durante su primer mandato, Trump sufrió dos procesos de impeachment, aunque no llegó a ser condenado por el Senado de Estados Unidos. En el periodo entre sus dos mandatos, un jurado lo halló responsable civil de abuso sexual y difamación, y concedió a E. Jean Carroll una indemnización de 83 millones de dólares, y otro jurado lo declaró culpable de treinta y cuatro cargos de delitos graves relacionados con la financiación de campañas en el estado de Nueva York, haciendo de Trump el primer expresidente de Estados Unidos condenado por un delito grave. Fue también acusado ante un tribunal federal de cargos relacionados con el presunto manejo indebido de documentos clasificados en su residencia de Florida y por su papel en el asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021. A pesar de todas estas condenas e imputaciones, Donald Trump fue capaz de mejorar los resultados de su campaña anterior y ganar tanto el colegio electoral como el voto popular.

Aunque Donald Trump es único en su género, la historia de Estados Unidos proporciona varios casos anteriores de delincuentes que aspiraron a un cargo público y lo obtuvieron. En 1920, el socialista Eugene V. Debs se presentó a la Presidencia desde la Penitenciaría Federal de Atlanta después de su condena por sedición, por oponerse al reclutamiento obligatorio durante la Primera Guerra Mundial. Los partidarios de Debs llevaban chapas que decían «Recluso 9653» y, a pesar de no hacer ninguna aparición en campaña, obtuvo el 3,4 % de los votos. En 1994, Marion Barry Jr. se las arregló para obtener un cuarto mandato como alcalde de Washington D. C. a pesar de cumplir seis meses de cárcel por posesión de drogas ilegales; y en 1946 el alcalde de Boston James Michael Curley fue condenado por fraude postal y sentenciado a dieciocho meses en la prisión federal de Danbury, Connecticut. En su ausencia, la Asamblea de Massachusetts nombró a un alcalde interino, y Curley recibió una cálida bienvenida al volver a ocupar su cargo cuando el presidente Truman conmutó su pena tras cinco meses.

Eugene V. Debs, candidato presidencial y recluso número 9653. Foto: Biblioteca Pública de Nueva York.
Eugene V. Debs, candidato presidencial y recluso número 9653. Foto: Biblioteca Pública de Nueva York.

Si el único defecto moral del presidente Trump –en caso de tener una excelente puntería– fuera el asesinato de una persona en la Quinta Avenida, todos estaríamos mucho mejor. De haber sido capaz de sobreponerse a esa mancha negra en su historial y ser elegido presidente de Estados Unidos, habría sido un nuevo hito –el primer presidente condenado por asesinato–, pero simplemente se uniría a las filas de políticos delincuentes debidamente elegidos, como Curley y Barry. De hecho, como criminal convicto, ya ha hecho justamente eso. Por desgracia, en mi opinión, al envenenar nuestro panorama informativo ha hecho algo mucho peor y ha contribuido a la muerte de muchas más personas que un único peatón en la Quinta Avenida. Lo que sigue es un breve catálogo de los tipos de declaraciones falsas que ha empleado y los peligros reales y potenciales que representan.

La mentira convencional

Según la Enciclopedia de Filosofía de Stanford, la definición más extensamente aceptada de mentira es «una afirmación hecha por alguien que no cree en ella con la intención de hacer que alguien la crea». Resulta interesante que esta definición no haga referencia a la realidad de las cosas, y como resultado es posible hacer una afirmación verdadera que sea mentira. Por ejemplo, pongamos que un mendigo me pide unas monedas. Si yo digo: «Lo siento, no llevo nada», aun creyendo que llevo algo de calderilla en el bolsillo, mi afirmación cuenta como una mentira. Si más tarde descubro que mis bolsillos estaban realmente vacíos, mi respuesta al mendigo sería verdad, pero seguiría siendo mentira. Si creo que llevo calderilla en el bolsillo e intento convencer al mendigo de lo contrario, soy un mentiroso.

El problema con los mentirosos es que a menudo solo ellos saben que están mintiendo. Como identificar una mentira depende de saber lo que el hablante cree, podemos reconocer que una afirmación es falsa, pero sin acceso a los más íntimos pensamientos del hablante no podemos estar seguros de que sea una mentira. Generalmente, mentir se considera un defecto moral, y las personas hacen todo lo posible por evitar que se las etiquete de mentirosas. Muchas veces podemos reconocer que una afirmación no se corresponde con los hechos, pero resulta más difícil conocer los pensamientos privados del hablante. Como resultado, la persona que cuenta una trola increíble, del estilo de «La elección presidencial de 2020 fue robada», puede a veces librarse de ser etiquetada de mentirosa si proyecta una imagen de creencia sincera. Reconociendo este problema, los periodistas y entrevistadores evitan el cargo de acusar falsamente a alguien de mentir calificando estas afirmaciones como «falacias» o «cosas inciertas» en vez de como mentiras.

Embustes

Los mentirosos creen saber la verdad y les importa lo suficiente como para intentar que creamos otra cosa. Como el filósofo Harry Frankfurt dejó claro en su libro superventas de 2005 On Bullshit, el embustero tiene un objetivo diferente. Los embusteros no saben ni les importa si sus afirmaciones son ciertas o no. El objetivo es simplemente decir lo que sea necesario para salir del paso, y si la afirmación sirve a ese propósito inmediato, bienvenida sea. Por ejemplo, en el caso del mendigo, el transeúnte que no sabe si lleva monedas en el bolsillo o no puede limitarse a decir «No, no llevo suelto», porque le libra de la situación. Si resulta que no llevaba suelto, el embustero habrá dicho inadvertidamente la verdad, pero eso tiene poca importancia. Lo que cuenta para el embustero es alcanzar el objetivo final de librarse de la situación.

En unos comentarios que hizo el primer día de su segundo mandato, el presidente Trump dijo: «Los Estados Unidos es el único país con ciudadanía de nacimiento sin restricciones». Si –como me parece probable– esta afirmación apresurada la hizo sin saber si era verdad o no (es falsa), entonces sería un ejemplo de embuste frankfurtiano. Cuando ya has escuchado unos cuantos discursos de campaña o comentarios espontáneos de Donald Trump, empiezas a percatarte de que la mayoría de las veces suelta embustes. Allá por 2017, el periodista Matthew Yglesias se refirió a Trump como el embustero en jefe.

Como han señalado Frankfurt e Yglesias, el problema con el embuste es que devalúa la verdad. Aunque se sitúan en posiciones morales diferentes –una buena y la otra mala–, el que dice la verdad y el mentiroso están jugando con las mismas reglas. Ambos reconocen que decir la verdad importa y confían en ser juzgados por hacerlo así. Según Frankfurt, los embusteros son mucho más siniestros que los mentirosos porque no les importa la verdad. Todo lo que quieren es salir bien parados.

La mentira del poder

En el libro Surviving autocracy (2020), Masha Gessen, que nació en Moscú y trabajó en Rusia como periodista y activista muchos años, introdujo el concepto de la mentira del poder o la mentira del abuso. Esta forma de mentira comparte algo con el concepto de embuste de Frankfurt, porque el hablante no muestra ningún respeto por la verdad. Pero, en este caso, la mentira del poder «invoca una realidad diferente y exige que escojamos entre nuestra experiencia y las exigencias del abusón» (Gessen 2020, 106). En el caso de las mentiras y los embustes, el receptor no suele tener acceso al verdadero estado de cosas. El mendigo no tiene la menor idea de si llevas suelto en el bolsillo ni conoce tus creencias privadas sobre el contenido de tus bolsillos. En cambio, el receptor de una mentira del poder puede reconocer de inmediato la mentira y se ve obligado a escoger bando: o repite como un loro la falsedad o afronta las consecuencias de oponerse al mentiroso.

El presidente Donald Trump empezó contando este tipo de mentiras inmediatamente después de asumir el cargo por primera vez. En un discurso pronunciado en el cuartel general de la CIA el 21 de enero de 2017, Trump afirmó falsamente que la asistencia a la toma de posesión del día anterior «parecía ser de un millón, millón y medio de personas», y dio la siguiente explicación sobre el tiempo:

Dije: «Casi estaba lloviendo, la lluvia debería haberlos ahuyentado». Pero Dios miró desde arriba y dijo: «No vamos a permitir que llueva durante tu discurso».

De hecho, cuando empecé dije: «Oh, no». En la primera línea me cayeron un par de gotas. Y dije: «Oh, qué mal, pero seguiremos adelante». Pero la verdad es que paró de inmediato. Fue increíble. Y luego empezó a hacer realmente sol. Y luego acabé y cayó un buen chaparrón cuando me fui. Llovió a cántaros.

Las estimaciones más halagüeñas sobre la toma de posesión de 2017 fueron de entre 300.000 y 600.000 personas. Dos días después, en su primera aparición ante los medios, el secretario de prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer, afirmó: «Esta fue la mayor asistencia a una toma de posesión, punto». Este fue el contexto en el que la asesora de Trump, Kellyanne Conway, defendió a Spicer utilizando la ahora famosa frase «hechos alternativos».

En cuanto al tiempo, cualquiera que asistiese a la toma de posesión de 2017 o la viese en televisión sabe que el relato bíblico de Trump no es cierto. Vídeos del discurso muestran que llovió todo el rato y el sol no salió en ningún momento. Cada vez que la cámara se alejaba, mostraba ponchos, paraguas y chubasqueros de plástico que usaban tanto los invitados en la fachada oeste del edificio del Capitolio como muchos miembros del público.



Pero, si estás al servicio del mentiroso –como lo estaba el nuevo secretario de prensa, Sean Spicer–, te ves obligado a elegir entre creer a tus ojos mentirosos o someterte al mentiroso abusón. Spice eligió someterse. Por supuesto, algunas personas acabarán creyendo cosas que antes reconocían como mentiras, porque la mentira se repite y los hechos se diluyen en la memoria.

A menudo, los mentirosos que están en el poder se aferran a la mentira porque nadie les pide cuentas. En lo que ha llegado a conocerse como el escándalo Signalgate, los mensajes de texto entre varios secretarios y asesores del Gabinete de Trump que discutían planes para un ataque militar en Yemen se hicieron públicos después de los hechos porque, en una masiva brecha de seguridad, el periodista Jeffrey Goldberg fue añadido sin querer al grupo de chat de la aplicación Signal conocido como Houthi PC small group. Varios miembros del Gabinete que participaban en el chat, al igual que la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, sostuvieron que el incidente era un «bulo» orquestado por Goldberg. Aunque Hillary Clinton, la secretaria de Estado de la Administración Obama, fue sometida a una prolongada investigación del FBI por usar un servicio de correo electrónico privado para asuntos oficiales –a pesar de que su partido controlaba el Ejecutivo–, a la hora de escribir estas líneas no hay ningún indicio de que el actual Departamento de Justicia o el FBI contemplen abrir investigaciones sobre el Signalgate, y el presidente Trump sigue apoyando a su asesor de seguridad nacional, Michael Waltz, y afirmando que Goldberg fue añadido a la cadena no por Waltz, sino por «alguien de la gente de Michael al teléfono». Como resultado, parece probable que nadie sea castigado y que no surja ninguna alternativa oficial a la narrativa del bulo.

Finalmente, para no dar la falsa impresión de que las mentiras del poder solo las usan los republicanos, en un reciente episodio del podcast The American Life, el presentador Ira Glass señaló que, tras una actuación desastrosa en un debate en junio de 2024, el presidente Biden y su círculo más íntimo insistieron en que seguía siendo un candidato viable para la reelección. Se pedía a los votantes demócratas que no creyeran a sus ojos mentirosos y siguieran apoyando a Biden. Por desgracia para la campaña, los mentirosos en este caso no fueron lo bastante poderosos como para evitar el fracaso de la candidatura presidencial.

Captura de pantalla de mensajes de texto del SIgnalgate.
Captura de pantalla de mensajes de texto del SIgnalgate.

Repítelo hasta que se lo crean

Si quieres que la gente crea tus chorradas, una de las mejores estrategias es la simple repetición. Investigaciones recientes sugieren que, sin importar lo creíbles o increíbles que sean tus afirmaciones, la repetición hace que suenen más verdaderas. En un estudio de 2019, Lisa K. Fazio y sus colegas descubrieron que las afirmaciones repetidas se consideraban más verdaderas que las no repetidas… independientemente de la plausibilidad de la afirmación. Además, Fazio et al. (2019) obtuvieron un efecto detectable con una única repetición. Pensemos lo que se podría lograr con una máquina de eco conservadora, impulsada por canales de noticias de televisión por cable, programas de radio y podcast –como The Joe Rogan Experience, Impaulsive y This Past Weekend with Theo Von– dirigidos a una audiencia de varones jóvenes. Estos medios de comunicación orientados a un público masculino han sido recientemente apodados manosfera y, durante la campaña presidencial de 2024, Donald Trump hizo apariciones en los tres programas mencionados.

En un notable ejemplo del poder de la repetición, Donald Trump fue capaz de persuadir a millones de personas de que los sucesos del 6 de enero de 2020 fueron valerosos. Ha llamado al 6 de enero «un día de amor» y se ha referido a los perpetradores como «patriotas». Después de cuatro años de historia revisionista y alabanzas a los acusados por el 6 de enero, la opinión pública entre los republicanos ha variado considerablemente. A pesar de las pruebas en vídeo de los alborotadores rompiendo ventanas, entrando en el Capitolio y atacando a los oficiales de la Policía del Capitolio, según las encuestas de CBS YouGoy, el porcentaje de republicanos que desaprueba rotundamente los ataques del 6 de enero cayó del 51 % en enero de 2020 al 30 % en diciembre de 2024. Aunque lejos de constituir una mayoría, en diciembre de 2024 el 30 % de los republicanos aprobaba las acciones de la gente que irrumpió en el Capitolio el 6 de enero, y el 72 % se mostraba favorable a indultarlos.

El coste humano de la desinformación

A medida que avanza el segundo mandato de Trump, los costes de la desinformación para la salud pública son mucho más grandes que la muerte de un único peatón en Nueva York. El área de preocupación más obvia es la preparación ante enfermedades infecciosas, y no tenemos que esperar al nuevo mandato para ver pruebas de la letalidad del estilo de comunicación del presidente Trump. Un estudio publicado en julio de 2023 en JAMA Internal Medicine mostraba que el exceso de muertes por el COVID-19 entre votantes republicanos y demócratas en Florida y Ohio no difería antes de la introducción de las vacunas, pero, después de que las vacunas estuvieran disponibles para todos, las muertes fueron sustancialmente más elevadas entre los votantes republicanos (Wallace et al. 2023). El estudio se llevó a cabo vinculando los datos de mortalidad con los datos de registros de votantes en ambos estados. En primer lugar, se establecieron los niveles de mortalidad de referencia para cada grupo basándose en los dos años anteriores al comienzo de la pandemia, y luego se midió el exceso de muertes por encima de esos niveles tras el estallido de la pandemia. El mayor exceso de muertes entre los republicanos se produjo después de que las vacunas estuvieran plenamente disponibles y fue más pronunciado en zonas con bajos niveles de vacunación, particularmente en Ohio (ver figura 1). Los resultados también pueden apreciarse en la figura 2 del estudio, que puede verse aquí.

No hay ninguna razón para que los republicanos sean más reacios a las vacunas que los demócratas, pero, en abril de 2021, un análisis de The New York Times mostró una sólida relación entre el apoyo a Donald Trump a nivel de condado en las elecciones de 2020 y la reticencia a las vacunas y el menor uso real de la vacuna del COVID-19. El presidente Trump mantuvo en secreto durante meses su estado de vacunación, no animó a usar la vacuna hasta que dejó el cargo y casi nunca se le vio usando mascarilla. La mayoría de nosotros recordamos la vergüenza de las conferencias de prensa del presidente, llenas de embustes, durante las cuales sugirió que la doctora Deborah Birx intentara iluminar el cuerpo con «una luz muy potente» o experimentar con inyectar desinfectante en el cuerpo. Ninguna de estas acciones fomentó el respeto por las recomendaciones de las autoridades sanitarias basadas en la ciencia.

Figura 1. Porcentaje de exceso de muertes entre votantes republicanos y demócratas durante la pandemia del COVID-19 antes y después de la disponibilidad general de vacunas, según Wallace et al. (2023). Las dos barras de la izquierda se basan en el periodo que va del 13 al 31 de marzo de 2021, y las barras de la derecha se basan en el periodo del 1 de abril al 31 de diciembre de 2021. Cuadro creado por el autor a partir de los datos ofrecidos por el estudio.
Figura 1. Porcentaje de exceso de muertes entre votantes republicanos y demócratas durante la pandemia del COVID-19 antes y después de la disponibilidad general de vacunas, según Wallace et al. (2023). Las dos barras de la izquierda se basan en el periodo que va del 13 al 31 de marzo de 2021, y las barras de la derecha se basan en el periodo del 1 de abril al 31 de diciembre de 2021. Cuadro creado por el autor a partir de los datos ofrecidos por el estudio.

Hoy hemos dejado atrás lo peor de la pandemia del COVID-19, pero en absoluto estamos fuera de peligro. El país se encuentra en medio de un brote de sarampión –sobre todo entre personas no vacunadas– que, mientras escribo esto, se ha extendido a diecisiete estados, y la gripe aviar se está propagando entre varias especies de mamíferos, alimentando la preocupación de que finalmente pueda mutar y transmitirse entre humanos. Ante estos desafíos, Donald Trump ha nombrado como secretario de Salud y Servicios Humanos al representante más famoso del movimiento anti-vacunas. Algunos de los primeros actos de Robert F. Kennedy Jr. como secretario han consistido en enviar mensajes ambivalentes sobre la vacunación del sarampión y recomendar —sin evidencias— que los ciudadanos tomen vitamina A para prevenir el sarampión. Como resultado, las farmacias del oeste de Texas se han declarado incapaces de satisfacer la demanda de suplementos de vitamina A, y los hospitales locales han experimentado un aumento de los casos de intoxicación por vitamina A. Según un informe de CNN.com, todos los niños hospitalizados recientemente por intoxicación por vitamina A en el área de salud de Covenant-Lubbock estaban sin vacunar. Más recientemente, Kennedy anunció una reducción de 20.000 empleados en el Departamento de Salud y Servicios Humanos, casi una cuarta parte de la plantilla.

Trump plantea tratamientos peligrosos contra el coronavirus delante de la doctora Deborah Birx.

En un artículo de opinión en The Washington Post, Kevin Griffis explicó que dimitía como director de la Oficina de Comunicación de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) después de tres años en el cargo porque cree «que las políticas de salud pública siempre deben guiarse por hechos y no fantasías». Describió cambios dramáticos en los CDC en los primeros días de la nueva administración: «En mis últimas semanas en los CDC, he visto cómo se obligaba a expertos de carrera en enfermedades infecciosas a emplear valiosas horas en buscar en vano literatura médica que respaldase los tratamientos preferidos de Kennedy». Este es el liderazgo gubernamental del que dependeremos cuando nos golpee la próxima crisis sanitaria.

La desinformación mata. Si el estudio de Wallace et al. (2023) puede generalizarse a todo el país, sugiere que la politización de la información sobre la salud pública fue responsable de muchos miles de muertes evitables durante la pandemia del COVID-19. Las mentiras y los embustes en boca de políticos tienen el potencial de matar mucho más y, dado el estilo de comunicación demostrado por el presidente Trump y miembros de su administración, parece probable que nos enfrentaremos a más muertes innecesarias en los años venideros. Por supuesto, difundir información falsa no es exclusivo de ningún partido político, pero la actual administración republicana ha mostrado niveles asombrosos de desprecio por las evidencias y la verdad. Teniendo en cuenta el enorme poder de estas personas, todos estamos en riesgo.

Reconocimiento

Esta columna está inspirada, en parte, por la entrevista de Ira Glass a Masha Gessen en un episodio de This American Life titulado «Bully pulpit».

Referencias:

Fazio, Lisa K., David G. Rand, y Gordon Pennycook. 2019. «Repetition increases perceived truth equally for plausible and implausible statements». Psychonomic Bulletin & Review 26 (5) (Octubre): 1705–1710.

Gessen, Masha. 2020. Surviving autocracy. New York. Penguin Random House.

Wallace, Jacob, Paul Goldsmith-Pinkham, y Jason L. Schwartz. 2023. «Excess death rates for republican and democratic registered voters in Florida and Ohio during the COVID-19 pandemic». JAMA Internal Medicine 183(9): 916–923.

Stuart Vyse es psicólogo y autor del libro Believing in magic: the psychology of superstition, que ganó el Premio William James de la Asociación Estadounidense de Psicología. Es también autor de Going broke: why Americans can’t hold on to their money. Como experto en comportamiento irracional, ha sido citado frecuentemente en la prensa y ha hecho numerosas apariciones en CNN International, PBS NewHour y Science friday en la NPR. Se le puede encontrar en Twiter en @stuartvyse.


Publicado originalmente bajo el título de «Worse than murder on Fifth Avenue» en la web del Skeptical Inquirer el 31 de marzo de 2025.

Traducción de José Luis Piquero.