
Por Juan José Vázquez Seijas.
En 1988 (aunque podría haber sido ayer y su vigencia se mantendría intacta) veía la luz un libro imprescindible: El conocimiento inútil’ de Jean-François Revel. Una denuncia de la futilidad del conocimiento cuando es sepultado por la sinrazón, patología entre cuyos primeros responsables el pensador galo señalaba a buena parte de los intelectuales, el objeto de su capítulo más inspirado, «La traición de los profesores».
Steven Spielberg es un profesor. De cine. Y tal maestría le garantizaba poder rodar una historia sobre alienígenas escrita y dirigida por él mismo. Un buen tema para El día de la revelación -título de su último film- hubieran sido las fabulaciones que desde hace ochenta años sustentan la mitología ufológica. La revelación, en tal caso, sería justamente lo que tales décadas han revelado: que las historias de platillos volantes han nacido del fraude y la imaginación. De paso, el film podría haber alertado de los peligros de la mentalidad conspiranoica. De haber sucedido así, los escépticos saludaríamos su estreno con indisimulado gozo, y yo no tendría que haber escrito este artículo.
Por desgracia, ha pasado todo lo contrario.
El día de la revelación es una apología sin matices de la conspiranoia alienígena, con su cansino refrito de complots gubernamentales y extraterrestres que cruzan la galaxia sin otro propósito discernible que jugar al escondite, estrellarse en algún paraje desértico o raptar a quien se ponga a tiro. Dos largas horas de metraje y 115 millones de dólares de presupuesto han sido invertidos en validar todas las bobadas de la ufología más lerda a través de una torpe metáfora religiosa plagada de obvias referencias bíblicas. En la trama, los conspiranoicos tienen razón y los escépticos somos un fraude. De hecho, en uno de sus momentos álgidos, el bueno formula un pliego de cargos contra los descreídos que incluye la mentira, la mala fe y la deshonestidad intelectual, en otro más de los numerosos lances del film que se encaminan a degradar el pensamiento racional y sustituirlo por la sensiblería.
Tal planteamiento, en todo caso, ni siquiera es original. La idea de un Estado profundo que conspira para ocultar, con fines espurios, la presencia alienígena ya engordaba hace unas décadas la igualmente tóxica Expediente X, responsable del auge de los delirios platillistas y la subsiguiente mentalidad conspiranoica en los 90. Si ahora Spielberg vuelve a la carga, asegura, es por las «nuevas pruebas»: los ya célebres vídeos desclasificados de fenómenos anómalos noi identificados. Que estos sólo hayan probado cómo pierden el tiempo ciertas agencias gubernamentales y que las tretas de los pícaros para captar fondos públicos no tienen fin, no parece haber preocupado al cineasta. Y como, en sus entrevistas, ha insistido enfáticamente en que la cinta es mero anticipo de lo que, antes o después, nos espera, es claro que lo que cuenta no es, a sus ojos, solo ficción.
Ahora bien, lo realmente relevante de toda esta desdichada historia no es el concreto asunto que ocupa al film, sino el aval que presta a la mentalidad conspiranoica, alimento del delirio alienígena y también del terraplanismo, el antivacunismo, la infiltración reptiliana, el antiagendismo 2030 y las locuras de QAnon. El día de la revelación presenta a los conspiranoicos como iluminados, guías de una masa aborregada hacia la verdad que los escépticos pugnan por ocultar. Ni que decir tiene que todos los lunáticos que abrazan los extravíos mencionados saludarán con júbilo tal tesis. Es, justamente, la suya.
Spielberg nos ha traicionado en el sentido reveliano, y la gravedad de tal cargo es proporcional a su absoluta falta de necesidad de implicarse en este desafuero. Los escépticos, además de aplicarle la justa pena de desterrarlo al país de los magufos, debemos aplicarnos a la tarea de remarcar que creer que los gobiernos mundiales mantienen encerrados en bases secretas a alienígenas, vivos o muertos, recuperados de sus naves tras estrellarse es una soberana estupidez. Si alguien busca razones para desconfiar del poder, no necesita esta tontería. Las hay sobradas y muy reales.
Con todo, y por desgracia, el corolario de este asunto mueve al pesimismo. Es evidente que la credulidad sigue cotizando mucho más al alza que el escepticismo. Sospecho que la película que a los escépticos nos hubiera gustado ver habría recaudado una pequeña fracción de la caja lograda por este desvarío. Nadie aseguró, desde luego, que fuéramos a ganar la batalla del pensamiento crítico fácil ni rápidamente, pero es difícil sustraerse a la impresión de que, por ahora, vamos perdiendo. Y por mucho.
