Las muchas caras del escepticismo

El equipo del pódcast 'Skeptics Guide to the Universe’ ataca a la escéptica Susan Gerbic en la Dragon Con de 2018. Foto: Sgerbic.
El equipo del pódcast ‘Skeptics Guide to the Universe’ ataca a la escéptica Susan Gerbic en la Dragon Con de 2018. Foto: Sgerbic.

Por Wendy M. Grossman.

«El movimiento escéptico está muerto», me dijo alguien en algún momento de los últimos diez años. Me sorprendió, como creo que les sorprendería a la mayoría de los escépticos.

Creo que a lo que se refería era a que algunas de las numerosas reuniones de Skeptics in the Pub de Reino Unido habían terminado y a que la atención pública que rodeó el juicio y la apelación de Simon Singh entre 2009 y 2010 había disminuido. Ese caso, una demanda por difamación presentada por la Asociación Británica de Quiropráctica, terminó con una resolución judicial que decía todo lo que un escéptico podría desear oír en defensa del interés público por la ciencia. Ocurrió mucho antes de la pandemia de COVID-19, que fue tan disruptiva para las reuniones escépticas como para todo lo demás.

No estoy segura de qué respondí entonces. Me gustaría pensar que me inspiré en Mark Twain y dije algo como: «Los rumores sobre la muerte del escepticismo son enormemente exagerados». Pero probablemente solo dije, aburridamente, que eso no era cierto.

En 2019, tras una sugerencia del antiguo director ejecutivo del Comité para la Investigacion Escéptica (CSI), Barry Karr (¡a quien deseo una feliz jubilación!), empecé a escribir una columna para la web de Skeptical Inquirer, que llamamos «Letter to America». Una de las cosas que he aprendido hasta ahora -y que realmente no apreciaba antes- es cuántas maneras diferentes hay de ser escéptico (incluyendo no usar ese adjetivo para ello).

Durante mucho tiempo, la crítica habitual hacia muchos grupos escépticos era que eran reactivos, que esperaban algo a lo que responder. Podía ser cualquier cosa: desde las columnas astrológicas de los periódicos y el uso empresarial de la grafología en procesos de contratación hasta anuncios clasificados de talismanes de buena suerte y programas de televisión que promovían la clarividencia de un supuesto vidente.

Creo que el mayor cambio positivo de los últimos años ha sido este: los escépticos están encontrando cada vez más formas de ser proactivos. El fallecido James Randi era excepcionalmente bueno en eso, investigando cualquier afirmación que considerara necesitada de pruebas.

Las personas que he entrevistado para «Letter to America» suelen seguir sus propias agendas. Chris French fundó una unidad de investigación para estudiar la psicología de los fenómenos anómalos y pasó muchos años realizando pruebas preliminares para el premio del millón de dólares de Randi. El incansable Mike Marshall habla extensamente con creyentes, tanto en persona como en su pódcast, y lleva a cabo investigaciones complejas que duran años, por ejemplo, sobre campañas de financiación colectiva para tratamientos médicos. Otros, como Deborah Hyde, estudian lo sobrenatural como afición o, como en el caso de Caroline Watt, hacen una carrera académica investigándolo. Muchos más no se considerarían parte del movimiento escéptico, pero son compañeros de viaje igualmente. En este grupo incluiría a Alan Jagolinzer, profesor de contabilidad de Cambridge, quien comenzó a organizar una serie de cumbres sobre desinformación en 2023 porque, según él, la gente reconoce que es un problema cuando se plantea en el contexto del fraude financiero. Todo esto me da esperanza de cara al futuro.

Sin embargo…

Es un hecho, desde hace tiempo, que las tendencias culturales y políticas de Estados Unidos suelen extenderse a Reino Unido. En algunos casos, eso ocurre porque las mismas empresas y sus grupos de presión actúan en ambos lugares. En otros, es el resultado de una cultura compartida. Esto aún no ha sucedido con el alarmante abandono de la medicina y la ciencia establecidas por parte de la actual administración presidencial estadounidense. La posibilidad preocupa a varios científicos. En una entrada de blog, Christina Pagel, una profesora de investigación operativa aplicada a la salud en la Universidad de Londres conocida por presentar estadísticas sobre el estado de la COVID-19 durante la fase de emergencia de la pandemia, concluyó que la política de vacunación de Reino Unido está mejor protegida que la estadounidense, aunque podría verse socavada por un secretario de salud decidido a hacerlo. Pagel no lo dice explícitamente, pero yo creo que el hecho de contar con un sistema sanitario público cambia la ecuación: promover vacunas baratas que previenen tratamientos y hospitalizaciones costosas es simplemente sentido común a escala nacional.

Por otro lado, muchos en Reino Unido se han equivocado a menudo al pensar que el país está a salvo de una u otra tendencia estadounidense. El cardiólogo británico y activista antivacunas Aseem Malhotra se unió a la organización Devolvamos la Salud a Estados Unidos (MAHA) como asesor médico jefe, pero recientemente volvió a Reino Unido para hablar en la conferencia del Partido Reformista de Nigel Farage. En otros casos, como la división abierta en la Sociedad Real, este país no puede escapar por completo de las polémicas que abundan en Estados Unidos (1).

Una cosa que creo que ha dificultado los esfuerzos de organizaciones cristianas estadounidenses, como la Alianza en Defensa de la Libertad, para impulsar acciones antiaborto en Reino Unido es que este país no suele reaccionar bien ante la injerencia extranjera.

Hace cincuenta años era posible pensar que muchos de los debates en los que participábamos eran teóricos. Parecía absurdo que la astrología hubiera sobrevivido al siglo XX, pero pocas personas se hacían realmente daño por creer en ella. El primer número de The Skeptic de Reino Unido fue recibido con un artículo periodístico que nos llamaba «aguafiestas». Fastidiábamos la diversión de la gente, ¿ves? Hoy, los problemas a los que nos enfrentamos son mucho más claramente existenciales.

Nota del traductor

(1) La Sociedad Real británica se ha dividido entre los partidarios de expulsar a Elon Musk por ser una «amenaza» para la ciencia y emprender acciones contrarias al código ético de la entidad y quienes respaldan al multimillonario, miembro de la asociación desde 2018.

Wendy M. Grossman es una escritora independiente estadounidense afincada en Londres. Fue la directora fundadora de la revista británica The Skeptic.


Publicado originalmente bajo el título de «The many faces of skepticism» en el volumen 50, número 3 (mayo/junio 2026) de Skeptical Inquirer , la revista del Comité para la Investigación Escéptica (CSI).

Traducción de Ander Domínguez.