Ser escéptico sin amargarse la vida

Por Juan José Vázquez Seijas.

La mesura se cuenta entre las ideas dominantes en las filosofías sobre el arte del buen vivir. En su Ética a Nicómaco, Aristóteles ya enfatizaba la necesidad de obrar buscando «el justo medio», una equidistancia entre el exceso y el defecto que hace de cada carácter una virtud. 

Puede que los escépticos abandonemos con cierta frecuencia ese saludable terreno intermedio para deslizarnos (invariablemente) hacia el exceso. El principio de que los hechos, para reputarse tales, deben estar respaldados por pruebas –eso es, en síntesis, el escepticismo– no es inmune (ninguno lo es) a la hipertrofia. Tan cierto como que «el sueño de la razón produce monstruos», según reza el capricho de Goya, es que su abuso puede producir caricaturas. Así como hay un ámbito para la racionalidad desapasionada y la fría objetividad de los hechos, también debe haberlo para el sueño goyesco. Siempre, claro, que no permita engordar demasiado a sus monstruos. 

'El sueño de la razón produce monstruos’ (1799), de Francisco de Goya.
‘El sueño de la razón produce monstruos’ (1799), de Francisco de Goya.

A los escépticos nos divierte la caricatura del crédulo que abraza sin vacilación las ideas más extravagantes sin pasar el filtro de las pruebas, pero puede que no reparemos en la que podemos hacer de nosotros mismos al aplicar nuestros planteamientos sin reparar en sus límites. Proclamar real una historia de ficción no es menos insensato que condenarla por no respetar la racionalidad científica. Censurar la intuición de que atraemos a un amor platónico por falta de pruebas es tan absurdo como juzgarlo un hecho consumado. El espíritu humano requiere del asidero de la razón tanto como de espacios donde, desligado de esta, la fantasía y la intuición puedan moverse a su antojo. Negar esa dualidad es negar una enorme parte de su riqueza. La clave, naturalmente, está en un prudente equilibrio entre ambas cosas. Mesura, ¿recuerdan?

El gran Voltaire escribió que «el secreto de no hacerse fastidioso consiste en saber cuándo detenerse». Un escepticismo inclemente, en permanente pugna con cualquier mínima disensión, tenderá a ser estéril por antipático. Aunque enarbolen banderas tan legítimas como la racionalidad, los gruñones no suelen resultar gratos ni persuasivos y plantarse sin permiso en una casa ajena para dictar a su dueño como gobernarla supone un riesgo cierto de toparse con la puerta en las narices. Habremos fracasado cada vez que se nos juzgue sujetos enfurruñados, en constante escrutinio de juicios ajenos para descargar contra ellos toda la severidad de los propios.

Decía Burke que «creen muchos que la moderación es una forma de traición», creencia que es, en sí misma, una muestra de extravío. La desmesura nunca preludia un buen desenlace, y quien vea en el escepticismo una cruzada en incansable vigilancia de toda desviación de la estricta racionalidad no ha entendido bien su significado. Quizás haya un problema de base en dicha postura. El escepticismo no se sustenta sobre el dogmatismo y la intolerancia. Muy al contrario, lo hace sobre la libertad y, en particular, la de pensamiento, expresión, crítica y juicio, pues solo de estas puede emanar el fecundo campo de juego donde luego separar lo que cabe reputar cierto y lo que no. Quien tienda a abrazar rasgos intolerantes cuenta, pues, con malas credenciales para enrolarse como escéptico.

El maximalismo escéptico es, como exceso, un mal a evitar. Tanto como la credulidad acrítica. Y, además, es también un modo de amargarse la vida propia y de amargarla a los demás. Mesura y moderación en los planteamientos y cordialidad en las formas me parecen recetas infinitamente mejores. Ahora que acabamos de dejar atrás las fiestas navideñas, es útil recordar que a quien padres e hijos abren las puertas de sus casas para esperarles con ilusión es a los Reyes Magos y no al Grinch. [1]

Nota

[1] A quien quiera profundizar más en los peligros de un escepticismo sin mesura lo remito a mi artículo «Los riesgos del escepticismo».

Juan José Vázquez Seijas es abogado del Estado y vicepresidente del Círculo Escéptico. Es autor del libro El derecho frente a la pseudociencia (CSIC, 2021).