
Por Javier Cavanilles.
Cada loco con su tema. En una semana –primero en un acto electoral en Georgia, luego en la Cena de Corresponsales-, Donald Trump hizo dos veces el chiste sobre la posibilidad de un tercer mandato. Ya se sabe que, entre broma y broma, la verdad asoma. En el fondo, es la cara B del mantra de que le robaron las elecciones. Ese tercer mandato sería el desquite final por la derrota que le infligieron los demócratas en 2020.
La tradición de que un presidente estadounidense solo puede optar a dos mandatos nace con George Washington, que renunció a presentarse por tercera vez porque consideraba que ser presidente debía ser algo temporal. Ulysses S. Grant lo intentó (no logró ganar las primarias de su partido y se retiró); Theodore Roosevelt se presentó y perdió; y Woodrow Wilson renunció por un problema de edad. Franklin D. Roosevelt no solo consiguió un tercer mandato., sino también un cuarto y, a su muerte, fue cuando se estableció un límite para ser inquilino de la Casa Blanca.
Para desgracia para Trump, puede intentar limitar el voto de las mujeres y las minorías, conseguir que se modifiquen distritos electorales, aterrorizar a los votantes con el ICE y declarar la ley marcial, pero no optar a un tercer mandato. Ni con el Tribunal Supremo de su lado -aunque no tanto como a él le gustaría– va a poder evitarlo, ya que la 22ª Enmienda que establece que «ninguna persona podrá ser elegida para el cargo de presidente más de dos veces».
Para que Trump pudiera volver a presentarse en 2028, como es su sueño, tendría que darse alguno de estos supuestos:
1.- Derogar la 22ª Enmienda. De momento, la única enmienda a la Constitución estadounidense que ha sido derogada es la 18ª (la que permitió la Ley Seca), que estuvo en vigor hasta que se aprobó la 21ª. Duró catorce años, desde 1919 hasta 1933. Es complicado, tanto como aprobar una nueva que modifique la actual.
2.- Aprobar la 28ª Enmienda mediante una convención constitucional. Una opción sería aprobar una nueva enmienda (la 28ª) que modifique la 22ª, para establecer que la limitación es de dos mandatos consecutivos.
El problema es cómo materializar una vía que solo existe como posibilidad: Nunca se ha aplicado y ni siquiera está legislado cómo hacerlo. Aun así, la vía se exploró. La Sociedad Federalista -una organización de abogados de corte ultraderechista- propuso un atajo: en lugar de que 34 estados pidieran una convención, se podían sumar todas las peticiones realizadas a lo largo de la historia. Pero el problema jurídico era tan complejo que se convirtió en un callejón sin salida, ya que, de los cientos de solicitudes, cada una se refería a una enmienda concreta y diferente. Además, tampoco está claro si una petición caduca en el momento en que era ignorada o si los estados deberían retirar su petición (nunca se hace) para que deje de estar sobre la mesa. Solo resolver esas cuestiones hubiera llevado años, así que la idea acabó en un cajón.
3.- Aprobar la 28ª Enmienda siguiendo el proceso habitual. Otra opción sería una nueva enmienda siguiendo el proceso habitual: dos tercios de cada cámara dan su aprobación y luego la ratifican 38 estados. A día de hoy, es imposible: el Partido Republicano no tiene unas mayorías tan holgadas –ni en el Congreso ni en los estados– y jamás conseguiría el apoyo de los demócratas.
Además, es un proceso lento. En el caso de la 27ª Enmienda (la última) tardó nada menos que 202 años en ser ratificada; la 26ª, en cambio, se materializó en algo más de tres meses. El Congreso suele fijar un plazo de siete años para que los estados respalden una enmienda. Ese margen no está en la ley, pero da una idea de lo lenta que es la tramitación. A Trump le quedan apenas dos años, no hay tiempo. Ademas, dos enmiendas no pueden contradecirse, por lo que sería complicado (probablemente imposible) recurrir a esta vía salvo que a alguien se le ocurriera una forma de cuadrar el círculo añadiendo una excepción a la 22ª Enmienda.
4.- Recurrir al Tribunal Supremo. Es una vía muerta; no hay margen de interpretación. La 22ª Enmienda es muy reciente (1947), y no cabe recurrir al originalismo, un truco jurídico nacido en el seno de la Sociedad Federalista que consiste en interpretar la ley en función de lo que, se supone, pensaban los padres de la Constitución. La primera versión de la 22ª Enmienda incluía la palabra consecutivos y fue rechazada. En estados como en Florida, Georgia y Tennessee, entre otros, la ley dice que el gobernador solo puede ocupar el cargo dos mandatos «consecutivos», pero no impide que regrese al cargo pasado un tiempo. Es decir, los legisladores no quisieron más de dos mandatos (una tradición que nace con George Washington, pero no es ley) y que, si hubieran querido, hubieran dejado clara.
5.- Hecha la ley, hecha la trampa. Pues, no. Hay una teoría que dice que Trump podría presentarse como vicepresidente con un candidato de paja como presidente, y que este, al dimitir, permitiría al actual inquilino de la Casa Blanca seguir cuatro años más. Imposible. La 12ª Enmienda deja claro que «ninguna persona constitucionalmente inelegible para el cargo de presidente será elegible para el de vicepresidente». Esta disposición se pensó en un momento en el que el presidente y el vicepresidente se votaban directamente (no existía un ticket con los dos candidatos, como ocurre ahora), pero sigue vigente.
En principio, la única forma de evitarla es, como con la 12ª Enmienda, derogarla. Otra opción es acudir al Tribunal Constitucional para que se pronuncie sobre si ese requisito para ser vicepresidente sigue vigente, aunque la elección de este cargo -y del presidente- haya cambiado. Si el debate no ha pasado del plano teórico es, probablemente, porque las tres veces que el Tribunal Supremo se ha pronunciado sobre aspectos concretos de esta enmienda -en 1952, 2020 y 2024- ha ratificado su validez. En las polémicas elecciones de 2000 que enfrentaron a George W. Bush y Al Gore, esta enmienda a la Constitución fue fundamental para decidir el resultado. Además, determina cómo deben comportarse el Colegio Electoral (los 538 electores que eligen al presidente). En definitiva, las posibilidades de saltarse la 12ª Enmienda son probablemente nulas.
Pese a sus continuos excesos verbales, el propio Trump parece consciente de que no tendrá un tercer mandado y, de hecho, se encargó de cerrar el debate que él mismo había abierto. Poco después de plantear la posibilidad, reconoció en un encuentro con donantes que JD Vance era su candidato para sucederle. En las próximas semanas, no cabe duda, volverá a apoyar ambas hipótesis de manera alternativa -quizás incluso a la vez- en función del ánimo con que se levante.
En conclusión, se pueden afirmar dos cosas: la primera es que las probabilidades de que Trump opte a un tercer mandato son inexistentes; y la segunda es que Trump no es fundamental, sino un pieza más del engranaje de la política estadounidense, un presidente -corrupto hasta la médula- al servicio de las élites económicas del país, que puede ser sustituido por otro.
Javier Cavanilles es periodista y lleva más de veinte años especializado en el estudio de los fenómenos paranormales y las teorías de la conspiración. Es autor de los libros Los caras de Bélmez (2007), El tarot ¡vaya timo! (2009) y Satanismo. Historia del culto al mal (2024). Su libro más reciente es El golpe. El fin de la democracia en EE UU (2026).
