
Por Luis Alfonso Gámez.
Un minuto y cuarenta segundos pasan volando. Si no lo creen, pregúntenselo al ingeniero César Higuero. «¡No puede ser! ¡No puede ser!», dijo entre aspavientos cuando acabó la totalidad del eclipse solar del 12 de agosto y quienes estábamos a su lado le indicamos que tenía que volver a ponerse las gafas protectoras. No podía creérselo. Ninguno podíamos creernos en Medinaceli que la visión de la corona solar hubiera durado un minuto y cuarenta segundos. ¡Pero si había sido un abrir y cerrar de ojos! Cuando poco después se puso el Sol, todavía parcialmente eclipsado, acabamos de bajar de la nube hacia la que habíamos despegado veinticuatro horas antes.
La periodista Luisa Idoate se encontró con «lo imaginado, lo esperado, lo deseado, y la realidad que los superó». Al abogado Fernando Frías también le sorprendió: «A pesar de todo lo que había leído y preparado para la observación del eclipse, no me esperaba algo así. Es una experiencia que hay que vivir al menos una vez. Es increíble».

El 11, 12 y 13 de agosto, Medinaceli se volcó en la divulgación con el programa Eclipse en la ciudad del cielo. Como era uno de los lugares ideales para disfrutar del eclipse total de Sol, la Fundación Dearte aprovechó la oportunidad para organizar un encuentro cultural con el apoyo del Ayuntamiento y de la Asociación de Vecinos, y la participación de Coffee Break Señal y Ruido Pódcast y del Círculo Escéptico. «Sabía que el eclipse sería especial. Un rayo atravesó la plaza Mayor. Tuve una idea: ver el eclipse allí. Tras conocer a Francis [Villatoro] en una quedada de Coffee Break, le propuse hacer algo en Medinaceli. Aceptó, y el resto es historia», recuerda el dinamizador cultural Óscar Tugores, organizador del Eclipse en la ciudad del cielo. Para la microbióloga Silvana Tapia, «el evento del año por partida doble: se dieron cita el eclipse y la reunión con fans y grandes de la divulgación científica. Y, por si fuera poco, con Medinaceli como entorno privilegiado».

Los medinacelenses hicieron que nos sintiéramos en su preciosa ciudad como en casa, disfrutamos del eclipse de nuestra vida y, encima, nos dejaron que contáramos nuestras cosas. Lo hicimos en el bellísimo patio del palacio ducal, nuestro cuartel general esos días. Dimos charlas el informático y físico Francis Villatoro, la docente de formación profesional sanitaria Luisa Achaerandio, el químico Daniel Torregrosa, Fernando Frías, Silvana Tapia, el físico Alfredo Tiemblo y un servidor, pero hubo mucha más gente que colaboró tanto desde la distancia como allí, empezando por los vecinos y responsables municipales. A todos ellos, gracias. En especial, a Miguel Tugores, presidente de la Fundación Dearte, y a la geóloga y emprendedora científica Alicia Hurtado Espín, que fue clave en todo el montaje y al final no pudo asistir al Eclipse en la ciudad del cielo por razones ajenas a su voluntad.
Se habló de la mecánica de los eclipses, su presencia en el arte y la ficción, el de 1905, los extremófilos y el periodista gracias al que vimos a Neil Armstrong pisar la Luna. Asistimos a dos observaciones del cielo nocturno guiadas por Fernando Frías; disfrutamos de un taller infantil sobre Mitología y ciencia a cargo de Daniel Torregrosa; nos divertimos en otro para hacer máscaras y que los más pequeños no corrieran ningún riesgo durante el eclipse; y depositamos objetos y mensajes en una cápsula del tiempo que abrirán, cuando ya ninguno de nosotros esté, quienes disfruten del próximo eclipse solar total en Medinaceli.
Fueron dos días de ciencia y pensamiento crítico, camaradería, diversión y mucho calor que culminaron a las 20.30 horas del 12 de agosto, cuando quedamos sumergidos en la umbra durante un minuto y cuarenta segundos. Diez mil personas disfrutamos en la ciudad soriana de un fenómeno al que ninguna descripción hace justicia, que no por esperado y conocido dejó de sorprendernos y al que es comprensible que haya adictos.

«Tan importante como contemplar un eclipse es compartirlo con quien está a tu lado. Vivirlo con todos los sentidos, juntos en nuestra hoguera sapiens, lo convirtió en un recuerdo para siempre», rememora Luisa Achaerandio. «Un eclipse total ya es inolvidable. Vivirlo en Medinaceli, rodeado de gente con la que compartir el asombro, lo hizo aún más especial. Y nos conectó con nuestros orígenes como humanos», coincide Daniel Torregrosa. «Sabina tardó en aprender a olvidarla 19 días y 500 noches. Quienes tuvimos la enorme fortuna de vivir tan maravilloso evento, tardaremos mucho más en borrar de nuestras mentes el eclipse y a quienes nos acompañaban», dice Alicia Hurtado Espín.
Nos supo a tan poco el minuto y cuarenta segundos de totalidad en Medinaceli que quienes participamos en el Eclipse en la ciudad del cielo ya estamos preparando nuestra próxima cita con la noche en pleno día. Será el 2 de agosto de 2027 en Málaga. Queremos organizar charlas de divulgación y pensamiento crítico, talleres, exposiciones y muchas cosas más, aunque todo dependerá al final de los medios con que contemos.

«Somos una civilización tecnológica que puede disfrutar de eclipses totales, una experiencia fascinante. Máxime cuando se comparte con una multitud: nos recuerda que la ciencia es una conversación de toda la especie», destaca Francis Villatoro.
¡Nos vemos en la umbral!
